París insólito

Una vez más regreso a la ciudad, y una vez más por la Porte d’Italie. Mientras atravesaba las mesetas de Borgoña y los bosques del Aube, las noches refrescaron mucho, las chabolas de los peones camineros y los refugios de los leñadores de Sainte-Menehould resultaron incómodos, y tras barzonear por tres o cuatro regiones de Francia, consumado trotamundos, y echar una ojeada allende las fronteras, regreso al redil.

Es invierno, y cuando se presenta no siempre puedo, como las aves migratorias, desplazarme siguiendo el calor a lo largo de las curvas isométricas, para trasladarme a una región templada. Hiberno como un animal que se oculta en la madriguera y se aletarga, hiberno como un barco que recala en un puerto y hace escala al abrigo de los hielos, me contraigo, me agazapo en un rincón de la ciudad, cierro paredes a mi alrededor, me parapeto, me cubro bien las extremidades, me aíslo el cerebro, grácil engranaje, me acurruco, me encierro en mi concha, me pongo a media luz, me muevo a cámara lenta.

Una vez más, se trata de pasar cuatro o cinco meses en el seno de París, la inmensa babel de los desesperos y los milagros cotidianos, de encontrar cada día buena comida y bebida, lo sustancial, y cada noche un retiro seguro, sin preocupación alguna, llevando al propio tiempo una vida gozosa y plena.

Y me da risa porque para el poli que dirige el tráfico, soy un vagabundo que retorna al redil, la cara rasposa, encorvado, la cazadora de piel mugrienta, los zapatos hechos polvo, la tripa vacía, y una libertad provisional reciente en el bolsillo.

Jean-Paul Clébert

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