Muerte Chiquita

Apelmazado en la solera, vacunado del día por el cansancio, empedrado en mí mismo, vuelto granito del segundero, muro de mi sombra. A veces no me acuerdo y me arremango como partenón esdrújulo, me derrumbo en mis propias ruinas, me revuelvo de tripa y ciempiés, caminando tenebroso con los dedos agarrados de cangrejo. Tranzo granulosamente el deseo en la mano y me cometo fuego a solas en lo oculto. Temblequeando adúltero me quedo con las motas de tristeza que diagonalizan el sol desde mi ventana, gastado, enmarcado detrás de los pálpitos del reloj, que me tunden con su silencio de minutos mortíferos.

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